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LA HISTORIA DE UN CUALQUIERA, NO SIEMPRE ES CUALQUIER HISTORIA

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E milio Rojas viene a enriquecer el panorama literario mexicano con aportaciones harto interesantes en estos tiempos en que parece todo inventado y se aplaude con agrado la propuesta narrativa de La Historia de un cualquiera no siempre es cualquier historia.

El relato se hilvana con la historia de un muchacho que nace en la lucha cotidiana por la supervivencia de una familia venida de la provincia a la capital; el personaje, es rebelde y analítico frente a la parca realidad que le ofrece la metrópoli, como único horizonte para los de su clase. La infancia de sortea desde temprano mil y un oficios de los que la infelicidad, por toda ideología, le impulsa al cambio porque intuye que hay otro mundo mejor en esa misma urbe que le exige uñas y dientes para poder existir.
A lo largo de la narración, a medida que el personaje alcanza la adolescencia y la madurez, sus peripecias se convierten en una descripción costumbrista del inmediato pasado de México, de los años que cualquier lector puede recordar apuntalado por los acontecimientos sociales. Pero el discurso se sujeta en las cicatrices y en la memoria del protagonista que, desde una experiencia individual, se convierte, automáticamente, en una metáfora representativa de una realidad generalizable y reconocible. Pasajes personales con el valor de la visión de lo urbano, de la lucha por la supervivencia en una jungla de asfalto en que los sueños se parten en mil pedazos por el poderío de los más sagaces manipuladores de lo humano.

Sin embargo, el protagonista no hace bandera fácil de la lucha de clases tan sólo porque él no logra encontrar iguales en el camino ni puede identificarse con nada. Lo mitos que le han vendido para crecer se le escapan entre los dedos sin representar la panacea prometida; por ello, se ve obligado a reformarse, a redefinir su lucha de la existencia y de las propias metas sin más ayuda que el desengaño para darse cuenta de lo que no es y, en el proceso de aprendizaje, dar palos de ciego, intuyendo, por descarte, lo que puede ser.


P ero más allá de lo que cuenta Emilio Rojas, un segundo dato a destacar es el cómo lo cuenta. Se diría que el género escapa a la clásica catalogación que separa en compartimientos a la poesía, el cuento y a la novela. Pero lo hace para ser más clásico y más iconoclasta al mismo tiempo, porque se convierte en un cantar épico moderno, en un juglar urbano que narra con versos y nos da estrofas como si fueran viñetas mostradas cuadro por cuadro.

El espíritu de lo mexicano emana de cada palabra desde lo más profundo de lo humano, sin caer en el recurso “chauvinista” de que somos los mejores y en consecuencia, viene a representar un orgullo nacionalista equilibrado.

El estilo de la obra contiene un lenguaje intencional, sintetizado en un retorno a la rima, al cuento proverbial que va haciendo unos retratos de familia en los que los personajes se dibujan en un refranero lleno de añoranzas donde la memoria es el reproche y el bálsamo que perdona a los ancestros todos sus errores.

Una obra como ésta se aprecia por varias razones estéticas -las características del lenguaje empleado, la calidad de la prosa y de su lírica, las dimensiones de sus enunciados- ; pero lo que más obliga a respetarla, es por la autenticidad con la que ha sido escrita.

El poder conmovedor de una obra literaria radica en su verdad medular. Y esto es un elemento casi ausente en la literatura hispanoamericana contemporánea. Tal vez Carlos Fuentes y Jorge Luis Borges tratan, a momentos, de decir algo hondamente verídico; García Márquez nunca, salvo un cierto afán de la emoción por lo inmundo. La literatura de Vargas Llosa resulta, a fin de cuentas, tan técnica como obsesivamente ortodoxa -un contumaz alarde del oficio-. Octavio Paz, por otra parte, parece más preocupado por una crítica tenaz. Illescas y Sabines son más sinceros –y no por ello menos hermoso su trabajo-: su irresistible poder es la humana veracidad de sus textos, libres de cualquier intención dictatorial.

Con lo anterior, lo que se puede apreciar es que, casi todas las luminarias actuales de las letras hispanoamericanas, están más preocupadas por estar a la vanguardia que en comunicar a los corazones. Entre otras cosas, ésta es una de las causas de porqué se lee poca poesía; ¿quién va a comprar un libro que sólo el autor comprende? Todos ellos, de tan sublimes, han terminado por ser poco atractivos para la mayoría.

El punto es y será siempre la universalidad del arte, su poder de penetrar y colorear el alma, el alma de quien sea.

La historia de este libro es una historia natural como natural es la historia del planeta entero: trata de explicar los mitos y las realidades que hacen el presente. Habla de un niño que se convierte en adolescente y el joven que se hace hombre dentro de una secuela no sólo verosímil y analíticamente psicológica, sino orgánica como los nervios y catártica por la memoria que sustenta.

Lo que hace grande a un texto es que conecta, inmediata e infaliblemente, letras con carne, pensamientos con corazón, imágenes con experiencia personal. Y es éste, por encima de cualquier otro, el valor primordial de La Historia de un Cualquiera no Siempre es Cualquier Historia, por lo genuino de sus evocaciones, la brutal sencillez de su desarrollo, el lenguaje empleado y sus conclusiones.

Anabel Ochoa


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